"El Miedo, las Proyecciones Paranoides y
la Violencia en los Grupos de Pacientes en Crisis"
Boletín de la Sociedad Española de Psicoterapia y Técnicas
de Grupo, 19: 89-102 (2.001).
Dr. José Manuel Martínez Rodríguez. Analista Transaccional
Certificado. Area Clínica (P.T.S.T.A, I.T.A.A.-E.A.T.A.). Psicodramatista.
Instituto de Análisis Transaccional y Psicoterapia Integrativa.
Valladolid. Director Médico del Centro Hospitalario Benito Menni
de Valladolid.
I. La violencia en las Unidades de atención en Crisis.
Los pacientes ingresados en unidades de atención a crisis están
sometidos a una fuerte tensión derivada de la necesidad de afrontar
una situación excepcional en sus vidas como es la de estar viviendo
en entorno desconocido, rodeados de otras personas en crisis, y careciendo
de un rol específico que pueda orientar y facilitar su adaptación,
y por lo tanto sin la protección implícita que el grupo
social suministra a sus miembros a través de este proceso.
El sujeto se encuentra sometido a circunstancias difíciles de
entender y sometido a expectativas por parte del equipo terapéutico
que vienen a complicar su proceso de adaptación. En el medio
hospitalario carece de las ayudas situacionales que disfrutaba en su
medio familiar y social de origen, las cuales, a pesar de haber fracasado
para contener la ansiedad del sujeto, eran sin embargo un recurso funcionante
en alguna medida. La carencia de rol se hace patente en el desconocimiento
de derechos y obligaciones lo que dificulta el afrontamiento de las
dificultades que se plantearán a lo largo del proceso terapéutico.
En ocasiones la situación de ingreso involuntario viene a subrayar
las anteriores dificultades y a plantear de forma explícita lo
que es implícito en la experiencia de muchos otros pacientes.
En este trabajo se analiza el papel que los grupos de psicoterapia
desempeñan como factor protector en estas Unidades y que es necesario
implementar para disminuir la ansiedad de los pacientes y así
disminuir las proyecciones paranoides que están en la base de
muchas actuaciones violentas en las Unidades de Atención a Crisis.
El funcionamiento de un grupo de estas características permite
elaborar la agresividad en las crisis y proteger el funcionamiento cotidiano
de la Unidad de tratamiento. En nuestra Unidad hemos puesto en marcha
un grupo en el que los pacientes son incluidos desde el mismo momento
de su llegada a la Unidad, con independencia de su diagnóstico
clínico.
Ahora bien, los terapeutas manejamos diferentes conceptos de lo que
son las actuaciones violentas, y eso se traduce en distintos abordajes
técnicos. Una de las formas de entender la violencia es como
una pulsión. Este planteamiento es típicamente sostenido
por el psicoanálisis clásico. El primer psicoanalista
que prestó una atención especial al problema de la agresividad
fue Adler (1.912, 1.926). Este autor entendió la agresión
como resultado de la frustración infantil, como una reacción
al sentimiento de inferioridad y relacionada con la voluntad de poder.
Freud (1.915, 1.920) abordó tardíamente la conceptualización
de la agresividad, y cuando lo hizo la consideró como primariamente
dirigida hacia el propio sujeto bajo la forma de un instinto de muerte.
Otras escuelas consideran la agresión como una reacción
secundaria a la frustración, siendo Dollar y Miller (1.977),
dos autores muy representativos al respecto. Bandura (1.973, 1.975,
1976) plantea la existencia de formas de conducta agresiva que no son
secundarias a una frustración y resalta el papel del aprendizaje
vicario de la violencia instrumental y sus consecuencias a través
de los modelos disponibles.
Otra forma de concebir la violencia es la que ha desarrollado la Psicología
del Self (Kohut, 1.971, 1977). Para esta escuela la agresión
es un estado mental complejo resultado de la desorganización
o fragmentación de la cohesividad del self. Esta desorganización
se produce tras una herida a la grandiosidad narcisista, como resultado
de un estado de sobreestimulación o como decepciones con selfobjects
idealizados. Cuando el self pierde su cohesividad el resultado es un
cuadro en que domina la experiencia de la rabia más o menos impulsiva.
Pero este estado es un producto secundario, resultado reactivo de una
fragmentación del self en peligro.
En nuestra Unidad el tratamiento de grupo sigue una orientación
Analítica Transaccional en su versión más conocida
como Psicoterapia Integrativa. A continuación expondré
la forma de concebir la agresividad que tienen estas escuelas y el abordaje
técnico de las conductas agresivas en psicoterapia de grupo que
caracteriza a esta orientación terapéutica.
II. La violencia en el Análisis Transaccional y la Psicoterapia
Integrativa.
El Análisis Transaccional (Berne, 1.961, 1.964, 1966, 1.970,
1.973; Schiff y Schiff, 1.970, 1975; Johns, 1.990) y la Psicoterapia
Integrativa (Erskine, 1.980, 1993, 1994, 1997, 1999) han realizado un
análisis muy matizado de la violencia y sus manifestaciones fenomenológicas
e interpersonales.
Erskine (1.986) ha señalado cómo la contribución
de Berne a la teoría de los Estados del Ego supuso un dramático
cambio en la práctica de la psicoterapia que se adelantó
en varios años al más reciente desplazamiento del paradigma
psicoanalítico hacia la "Self psychology" (Kohut, 1.971,
1.977), así como hacia una perspectiva evolutiva que se focaliza
en las fijaciones preedípicas e infantiles como causa de disfunción
psicológica (Mahler, 1.968, 1.975; Miller, 1.981; Masterson,
1.981; Stern, 1.985).
Berne, en 1.961, introduce la idea de que la estructura de la personalidad
está constituida por Estados mentales complejos y diferenciados
que denomina Estados del Ego. Eric Berne describió los Estados
del Ego en pacientes severamente perturbados y por lo tanto es la psicopatología
el terreno en el que surge la idea del Análisis Transaccional
y la distinción entre los Estados del Ego. En su trabajo de 1.956
titulado "Intuition V: The Ego image", Berne describió
el Estado Niño del Ego para conceptualizar aspectos fijados de
la conducta de un paciente con una Psicosis Latente:
"Este paciente tenía un Estado del ego en el que sentía
como un abogado y actuaba como un abogado, y otro en el que sentía
como un niño masoquista de cierta edad y actuaba como tal"(Berne,
1.956).
El Análisis Transaccional ilustra la forma en que las necesidades
de estimulación, de estructura y de posición existencial
en el sujeto son tan importantes que su falta de satisfacción
en el desarrollo evolutivo genera fijaciones arqueopsíquicas.
El Análisis Transaccional describe y analiza además las
condiciones impuestas al niño a lo largo del desarrollo evolutivo
para mantener la vinculación interpersonal con sus figuras primarias
de afecto y por lo tanto las sucesivas adaptaciones que el niño
se ve obligado a efectuar para sobrevivir. Estas condiciones se analizan
en forma de mensajes, decisiones y conclusiones, que dan lugar al Argumento
de vida del sujeto y constituyen una forma primaria de violencia en
la que las necesidades de los padres se anteponen y compiten con las
de los hijos en desarrollo (De Diego, 2.000).
Cuando el sujeto funciona en un Estado Niño percibe las necesidades
internas y las sensaciones y el mundo externo como lo hizo en un estadío
evolutivo previo. Aun cuando parezca que el paciente se relaciona con
la realidad actual, está experimentando los acontecimientos externos
e internos con las capacidades intelectuales, sociales y emocionales
de un niño a la edad de un trauma o confusión no resuelta
(Erskine, 1.986). Las fijaciones del Estado Niño del Ego ocurren
cuando las necesidades infantiles de contacto no se alcanzaron y la
utilización de defensas del niño contra la incomodidad
de las necesidades insatisfechas se hizo habitual (Erskine, 1.994).
El Análisis Transaccional concibe la violencia en el aquí
y ahora de la situación terapéutica como resultado de
un proceso defensivo en función del cual el sujeto trata de manter
una simbiosis que está a punto de derrumbarse. Para Schiff y
Day (1.970) y Schiff y cols. (1.975) la violencia es una forma de pasividad
que permite al sujeto no tomar conciencia y no responsabilizarse de
sus vivencias penosas en un momento dado. En ocasiones la irritabilidad
y la rabia funcionan como defensas complejas para contener otros estados
emocionales subyacentes (English, 1.971, 1.972). Johns (1.990) ha mostrado
como la agresividad cumple un papel muy importante como defensa contra
el miedo. Otras veces las conductas agresivas son regresiones automáticas
a estados emocionales previamente experimentados (Kupfer y Haimowitz,
1.971, Erskine, 1.974) que pueden llegar a vivirse una inundación
emocional del sujeto, a modo de ruptura de los límites de sus
Estados del Ego (James, 1.986).
Richard Erskine (1.979, 1988a, 1.988b, 1.991, 1993, 1994, 1997, 1999),
lidera la escuela de Psicoterapia Integrativa en la que se pone una
gran énfasis en volver a conseguir contacto con los aspectos
disociados de la personalidad que se desintegraron a lo lago del proceso
evolutivo por carecer de la satisfacción que era imprescindible.
A lo largo de una dilatada obra ha descrito con detalle las necesidades
relacionales del niño a lo largo de su proceso de desarrollo,
necesidades que se mantienen a lo largo de toda la vida. La aportación
de Erskine subraya como el desarrollo psicológico requiere interacción
con otros para poder realizarse y completarse.
"El Self, el Self humano, es el producto de una relación,
relación que es parte del entorno ambiental del niño desde
el nacimiento"(Erskine, 1.999).
Para estas escuelas de psicoterapia la violencia se practica y se genera
también en el acto transaccional de imponer condiciones al desarrollo
psicológico del infante humano y en el proceso de pérdida
de contacto con las necesidades evolutivas del niño (De Diego,
2000). A lo largo del proceso terapéutico se repetirá
una situación primordial en la que el paciente cree que la vinculación
con el terapeuta se interrumpirá si su agresión o cualquier
expresión directa de sus necesidades de autodefinición
son experimentadas por el terapeuta como amenazantes, aspecto que ha
sido denominado "Conflicto fundamental" por Stolorow, Brandchaft
y Atwood, (1.987).
III. Implicaciones para el manejo de las conductas violentas.
El concepto que el terapeuta tenga de la agresividad determina en buena
medida su actuación en psicoterapia individual y de grupo. La
concepción de la agresividad como un impulso conduce a un abordaje
terapéutico en que lo que prima es el señalamiento del
conflicto (Livingston y Livingston, 1.998). En este caso el terapeuta
lo trata como una distorsión inapropiada. Bajo este prisma la
agresión tiende a verse como resistencia o interferencia que
ha de ser eliminada o removida, investigando los derivativos profundos
de la agresión. Entendida como un desplazamiento que ha de ser
corregido el terapeuta busca que el paciente diferencie el pasado del
presente, lo apropiado de lo inapropiado, y en términos transaccionales,
que catectize su Estado Adulto del Ego.
Cuando se concibe la violencia como un Estado del Ego complejo, la
expresión conductual se entiende como oportunidad para profundizar
el proceso terapéutico y abordar temas subyacentes. La expresión
violenta se entiende como una oportunidad de reestructuración
del sujeto en su dinámica transferencial o de su acting-out.
El rol del terapeuta es crear las condiciones de seguridad necesarias
para ulteriomente explorar la vivencia del sujeto. Estas condiciones
variarán en función del contexto terapéutico y
serán distintas en una Unidad de intervención en crisis
que en un tratamiento ambulatorio, pero en cualquier caso son enteramente
necesarias para que el proceso exploratorio tenga lugar.
El terapeuta se interesa en saber cómo es la experiencia del
paciente, y cómo es el "estar enfadado". En ese momento
la violencia es validada y legitimada. Se considera primario el Estado
del Ego del sujeto y que su vivencia de sí mismo sea cohesiva
y no fragmentada. Se atiende a que el sujeto recupere su cohesión,
esto es, su vigor, vitalidad y capacidad para contener y regular los
afectos. Durante este proceso se provee al paciente de experiencias
que potencian o restauran la cohesión y la vitalidad en el sentimiento
del Self (Livingston y Livingston, 1.998) y suministran al sujeto una
experiencia que Schiff y Day (1.970), Schiff y cols. (1.975) y Childs-Gowell
(1.979) han denominado como Reparentalización.
Esto se puede desplazar fácilmente al contexto más amplio
en el que la rabia ha surgido, las funciones que sirve y las raíces
infantiles de estas experiencias. Se explora el significado subjetivo
tanto en el aquí y ahora de la transferencia grupal y eventualmente
en el allí y entonces de sus raíces genéticas.
Es imprescindible que el terapeuta cree activamente una situación
de seguridad para el sujeto y para el grupo, que permita la elaboración
de las conductas violentas. Esta seguridad está en la base de
la aceptación de las necesidades no cubiertas del paciente y
su experiencia afectiva. El terapeuta ha de sintonizar empáticamente
con el sujeto y con su indignación. Mantenerse próximo
a la experiencia subjetiva del paciente y ver los hechos desde el punto
de vista del paciente permite entender mejor la situación y da
una posición de ventaja al terapeuta. Cuando el grupo siente
la suficiente seguridad, los distintos miembros empiezan a desarrollar
una posición responsiva más que reactiva, y los pacientes
empiezan a ser capaces de suministrarse mutuamente ciertas experiencias
reparentalizadoras.
La tarea del terapeuta de ser sensible a la vulnerabilidad individual
y la detección de los puntos en que los pacientes están
en riesgo de sentir vergüenza, humillación o fragmentación,
se acrecienta en grupo. Esta sintonía ha de ser con cada individuo
y con el grupo en su totalidad. Sin embargo en grupo se producen rupturas
inevitables de la empatía. Livingston y Livingston (1.998) han
mostrado los factores que dificultan mantener una posición empática
en el grupo. En efecto, en ocasiones dos pacientes necesitan expresarse,
ser escuchados y validados a la vez. En otras ocasiones el grupo en
su totalidad se siente amenazado por la incorporación de un paciente
violento y le rechaza. Especialmente en el caso de los pacientes paranoides,
como vamos a ver en el caso que sigue, el grupo reacciona agresivamente
en un intento de exclusión. Sin embargo esta exclusión
que se genera como medida de protección del grupo ante la admisión
de personas con trastornos delirantes fomenta la ideación paranoide
del sujeto excluido.
IV. La agresividad en el grupo. Un caso.
Ch. de 31 años, es transportista. Está casado y su mujer,
embarazada en la actualidad, le ha planteado recientemente una amenaza
de divorcio. Ch. abusa del cannabis y de la cocaína desde hace
años. Es ingresado por orden judicial presentando una Psicosis
tóxica por cocaína con delirios de persecución
mal estructurados. Tiene la sensación vaga de que es objeto de
un complot. Se siente rodeado de gente que le espía, sin saber
muy bien la razón. En el momento del ingreso, que realiza por
orden judicial, viene acompañado por varios policías que
le traen sujeto. Lleva dos días en un estado de agitación
psicomotriz prácticamente incontrolable.
Inmediatamente se enfrenta con el psiquiatra que se encarga de la admisión.
Le insulta, le amenaza personalmente y se niega a tomar ninguna medicación
tranquilizante. De mala gana se queda ingresado a última hora
de la tarde la Unidad de Agudos. Al día siguiente por la mañana
se niega a tomar de nuevo la medicación. Sigue delirante y amenaza
gestualmente al psiquiatra que le trata y a otros miembros del personal.
En esta escalada de violencia el equipo duda si incluirle en el Grupo
terapéutico. El terapeuta decide invitarle. Acepta.
Se sienta al lado de la puerta. El grupo lo forman otras 12 personas.
Todas ellas han sufrido alguno de los efectos de la violencia en sus
vidas de una manera o de otra, unos de una forma más o menos
dramática, otros de forma crónica y encubierta y otros
en su misma infancia.
Al inicio de la sesión L.C. se erige en líder del grupo,
intenta paralizar la dinámica y convertir la sesión en
un juicio dirigido contra el recién llegado: "Hoy pido hacer
una sesión especial, ya que han pasado cosas muy graves...".
Explica que la tarde y noche anteriores Ch. ha insultado gravemente
a todos los pacientes. Hablando por ellos explica vehementemente que
siente que han sido tratados como "escoria", por "ese
sujeto". Añade que ha utilizado a una "pobre mujer"
para llamar a "alguien", y supone que ha debido ser para solicitar
droga. L.C., es un médico de 54 años, con rasgos paranoides,
conductas histriónicas y de autoderrota, que desde hace 15 años
vagabundea sin asumir responsabilidades. La figura de su padre es demasiado
atractiva para él, por un lado le genera envidia y celos, y por
otro temor. Sus problemas se iniciaron cuando estaba próximo
a conseguir la cima académica y profesional que se había
propuesto y que fue el preludio nefasto de una serie encadenada de fracasos
en su relación de pareja y su vida profesional que culminaron
con su divorcio y su alejamiento del servicio activo de su profesión.
Su facilidad paranoide para sentirse insultado o despreciado, o para
sentirse acusado por sus pulsiones homosexuales encubiertas, dificulta
el establecimiento de una relación terapéutica con él.
Ch. responde de forma defensiva criticando y amenazando a L.C.: "¿Usted
quien es para decir lo que yo hago o dejo de hacer? ¿Usted que
sabe?". "Yo lo único que digo es que este no es mi
sitio y que me quiero ir". La tensión en el grupo crece.
L.C. insiste más vehementemente en pedir que no se admita no
ya en el grupo, sino en la Unidad a Ch. Insta a "los perjudicados"
a confirmar sus apreciaciones. A su posición de defensor de las
mujeres del grupo se añade un elemento ulterior inconsciente
de rivalidad con el terapeuta cuando exhibe sus conocimientos médicos
y su experiencia en una comunidad terapéutica de toxicómanos
para apoyar su sentencia: "A esta gente no hay quien la cure...
Yo les conozco bien después de muchos años de trabajo
con ellos..." "Somos una familia unida en el dolor y nos apoyamos
mutuamente. El ha venido a destruirnos. Va a destruir la Unidad si le
dejamos"
El terapeuta recuerda las reglas del grupo: expresar pero no actuar
la rabia y no interrumpir a quien expone sus experiencias como elementos
imprescindibles para que el trabajo del grupo pueda ser posible. "Vamos
a ver como este grupo resuelve el problema de dar cabida a los sentimientos
y la experiencia de todos los que estamos aquí sin descontar
a nada ni a nadie".
Con su silencio el grupo apoya las intervenciones de L.C., que se ha
erigido en representante de las fuerzas excluyentes del colectivo. En
realidad Ch. el día anterior se comportó de forma grosera
y despectiva con algunos pacientes y el resultado ha sido que en el
día de la sesión el grupo, a través de L.C., reaccione
de una forma tan excluyente. Entre las personas afectadas por la conducta
de Ch., y que hoy expresan su rechazo a través de L.C. se encuentra
I., una mujer de 49 años que lleva viviendo 25 con un marido
paranoide y con celos patológicos que recientemente ha decidido
separarse de él, aunque en el fondo no ha resuelto su problema
de dependencia con él y teme iniciar una vida propia.
Otros miembros también apoyan implícitamente la posición
de L.C., y expresan a través de él un rechazo que les
protege del miedo. Entre ellos se encuentra M.C., negadora de la indiferencia
de su marido, que lleva un mes sin venir a verla al hospital, y que
ha perdido el afecto por ella, aunque no está dispuesto a separarse
y perder los aspectos cómodos de su relación. El marido
desoye sus necesidades y se ocupa de sus negocios sin prestar atención
al temor de M.C. a sentirse enajenada, a volverse loca, a sentirse extraña,
a ser considerada "la loca" en su comunidad. Ella se ve como
"un bicho raro" y en varias ocasiones ha realizado intentos
de suicidio arrojándose por una ventana, con consecuencias dramáticas
para ella.
Otra de las pacientes es M. Es una mujer de 35 años que ha sufrido
la violencia y el "secuestro" de su madre. Esta se ha opuesto
a su matrimonio con un novio inglés a quien ella conoció
en un intento de huida de su familia de origen, donde el peso de la
enfermedad mental ha supuesto una pesada carga que ha pasado de generación
en generación. Actualmente, diagnosticada de Esquizofrenia paranoide,
sufre la violencia de sus alucinaciones auditivas que la amenazan si
revela sus vivencias al resto del grupo.
También forma parte del grupo J., una mujer de 69 años
atenazada por el miedo de perder a su marido, recientemente diagnosticado
de melanoma. Esta pérdida se vendría a sumar a otras cinco
que ha sufrido en un breve período de tiempo, entre las que cabe
contar la de su hijo. Su dificultad para conectar con sus sentimientos
se alivia a través de diversos síntomas somatomorfos.
Durante la sesión L.C. sigue increpando a Ch. por haber "manipulado"
a otra "pobre paciente", L.M., para hacer llamadas al exterior.
Ésta, colaboró inicialmente, pero hoy en el grupo también
acusa a Ch. de haberse sentido "manipulada" el día
anterior. L. M. Es una mujer de 38 años hija de un padre alcohólico
que falleció cuando ella tenía siete años. La pérdida
de su padre se siguió de una experiencia de crianza compartida
entre el hospicio y un padrastro también alcohólico. L.
M. ha sufrido malos tratos por parte de su pareja desde hace 10 años.
Ha llevado una vida tumultuosa siendo difícil para ella hacerse
cargo de sus hijos de 10 y 2,5 años que ha desembocado en tener
una nueva pareja afectada de ludopatía y numerosas deudas. En
diversas ocasiones ha estado ingresada habiéndosela denegado
el acceso en algún centro por ser "conflictiva".
Con su conducta tanto en la Unidad de Hospitalización como en
el grupo Ch. se encuentra repitiendo una situación bien conocida
para él que es la de la exclusión: se encuentra conducido
por otros en contra de su voluntad, se encuentra excluido del ámbito
de la toma de decisiones importantes en su familia de origen y en su
familia propia, se encuentra acusado de dañar a los demás
con sus actuaciones, criticado y vigilado. Muchos de sus compañeros
han experimentado la violencia en sus propias vidas sin afrontarla de
una forma efectiva. En cierta forma la llegada de Ch., les pone en riesgo
de conectar con los abusos sufridos en sus vidas propias tanto por los
efectos de su conducta violenta hacia ellos, como por un efecto identificatorio
con su situación de víctima conducida al Centro en contra
de su voluntad.
Por otra parte L.C. está desplazando sobre Ch. parte de su rivalidad
y hostilidad dirigida inconscientemente contra el terapeuta. En muchas
ocasiones L.C. asiste a las sesiones con la cabeza baja, sin intervenir,
asintiendo unas veces de forma pasiva, otras sin embargo parece estar
al margen de las intervenciones en el grupo, como si él no compartiera
los problemas de otros miembros y estuviera libre de ellos. Se siente
diferente y superior, aunque esta superioridad se oculta bajo el disfraz
de la sumisión, la colaboración y las actitudes cómicas
y un poco grotescas de su gesticulación.
A lo largo de la tumultuosa sesión, el terapeuta intenta dar
cabida a la indignación de los miembros del grupo por la actuación
despectiva y desconfiada de Ch., con la situación de aislamiento
que experimenta el paciente. Realiza un intento de contactar con la
experiencia de Ch.: "Bueno, estás en una posición
difícil, en contra de tu voluntad, con miedo a ser objeto de
manipulaciones por parte de los demás, debe ser una situación
muy molesta para ti". La tensión de Ch. disminuye visiblemente
cuando se contempla un lado de su experiencia que no está siendo
tenido en cuenta por el grupo. La disminución de la tensión
de Ch., alivia el temor del grupo que a su vez disminuye su oposición.
Al final de la sesión Ch. pide disculpas al grupo si su comportamiento
ha molestado a alguien. El terapeuta trata de conectar con la experiencia
de L.C.: "Quizá algo muy importante se está movilizando
dentro de usted que le indigna tanto...". Sin embargo al día
siguiente L.C. no asiste. Se ha sentido insultado al sentirse despectivamente
tratado como "un paciente", tanto por Ch. como por la intervención
del terapeuta que busca el significado clínico de su reacción.
En una sesión posterior Ch. explica que su sentimiento de agobio
por las críticas de su mujer, que vive como controladoras y que
le recuerdan la relación con su madre, a quien vive como asfixiante.
Comenta que él, también, como otros pacientes del grupo,
que han sacado el tema durante la nueva sesión, siente que no
puede reaccionar con espontaneidad a las críticas. Se calla,
trata de responder de forma pausada pero llega un momento en que explota,
se va de casa y se pone a fumar cannabis y tomar cocaína hasta
perder el control de su conducta. Fuma "para tranquilizarse".
Está inmerso en un círculo vicioso de pasividad que precede
a un acting out y que se repite de forma estereotipada.
V. Conclusiones.
La resolución de situaciones violentas como la descrita requiere
una posición neutra del terapeuta que permita dar cabida a ambas
posiciones en litigio. Se requiere ser sensitivo con las necesidades
que uno de los subgrupos tiene de excluir al otro para mantener su sentimiento
de seguridad y empatizar con el miedo del sujeto que está sometido
a presiones judiciales o sociales para ingresar. Es necesario ir más
allá de la empatía para poder restaurar el sentimiento
del Self lesionado y reorganizar la experiencia. Esto requiere una posición
activa del terapeuta y una sintonía con el proceso del sujeto
agresivo y del grupo terapéutico. A su vez es necesario crear
una experiencia de seguridad y protección dentro del grupo que
permita la elaboración de las conductas agresivas. Las dificultades
contratransferenciales que pueden dificultar la elaboración de
los juegos de exclusión mutua son, entre otras, el miedo del
terapeuta a la agresión por alguna de las partes en litigio,
el temor a ser criticado o a perder el liderazgo.
El grupo se configura como un factor en sí mismo protector para
disminuir la dinámica violenta en estas unidades. En nuestra
experiencia la existencia de un grupo con la función de orientar
al sujeto en el contexto institucional disminuye las proyecciones paranoides
siempre y cuando la dinámica y la elaboración del miedo
del paciente sea efectiva. En cierta medida el grupo en una Unidad de
atención hospitalaria viene a funcionar como un tampón
protector que garantiza la inserción de los sujetos en una matriz
más amplia de la que sienten formar parte. El sentimiento de
pertenencia y la conexión con otros sujetos que atraviesan situaciones
similares facilita la reducción casi automática de la
tensión conducente a la violencia.
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